Archivos en la Categoría: Casi real

El mundo a sus pies

Fue en enero del 2000, me acuerdo porque poco antes todos estaban paranoicos con eso de que al cambiar de 99 a 00, las computadoras del mundo enloquecerían y estallarían, provocando un apocalipsis. Decían eso, me acuerdo. Y todavía nos reíamos de ese absurdo cuando me llamaron para ese trabajo. Trabajito, una changa, en realidad. Yo estaba desempleada desde hacía meses, era verano -enero, mes muerto- y cualquier cosa me venía bien. Y no era una propuesta desagradable. Tenía experiencia cuidando gente grande, y ahí lo único que me pedían era que le hiciera compañía a una señora, que le leyera y que tomara la merienda con ella. Dos o tres horas por día, de lunes a viernes. Ningún sacrificio.
El día que empecé a trabajar como dama de compañía de Norma hacía un calor imperdonable. El departamento de Santa Fe y Riobamba, sin embargo, estaba fresco. Era un departamento caro pero sobrio, amueblado con cosas pesadas, sillones antiguos, mesa de roble, cortinas oscuras; esas cosas de señora mayor que tiene plata.
Me recibió Estela, la mujer que me había convocado. Estela era la encargada de cuidar a Norma. Debía andar por los cincuenta años y mostraba esa mezcla perfecta de amabilidad y distancia que sugiere la palabra institutriz. Me pregunté si Estela hubiese preferido tener a tres o cuatro niños a su cargo en lugar de pasar los días velando la salud de una anciana, pero no dije nada, por supuesto.
-La señora Norma casi no se levanta de la cama. No está impedida, pero prefiere descansar lo máximo posible. Le gustaba mucho leer, pero a esta altura su visión es mínima, muy limitada; por eso me pidió que contrate a una chica para que le lea y le haga un poco de compañía. Supongo que estará harta de ver siempre mi cara -me dijo, y sonrió. Luego me llevó hasta una habitación, golpeó la puerta y la abrió. En otra época del año, la penumbra me habría resultado muy angustiante; ese día, con el sol criminal invadiendo todo lo que tocaba, me pareció un oasis.
Norma estaba recostada en la cama, con un almohadón detrás de la espalda. No era, de ningún modo, el derrumbe humano que yo había imaginado tras el preámbulo de Estela. Tenía más de setenta años pero menos de ochenta, y por su encanto innato pude darme cuenta de que en su juventud había sido una mujer espléndida. Las arrugas y las marcas del tiempo, lejos de opacar su belleza, se la protegían. Eso sentí cuando la vi. Con el correr de los minutos pude notar que, además de ser bella, Norma era un amor. Me enamoré de ella, de su persona, en apenas cinco minutos. No entendí por qué estaba tan sola, siendo por naturaleza uno de esos seres que sonríen y tienen el mundo a sus pies, incluso en la vejez.
Quería que le leyera, y también quería que le contara cosas, cosas mías y cosas de la calle. Por motivos que nunca me dijo, su departamento de Santa Fe y Riobamba se había convertido en una especie de prisión domiciliaria que ella misma se había impuesto. Enseguida percibí un pasado de tormenta y un presente espectral. Al instante le deseé un futuro de maravilla, y por eso, cuando me pedía que le contara cosas, le contaba sólo cosas lindas. Si no las tenía, se las inventaba. Por Norma me convertí en una narradora de la hermosura, y la consecuencia fue que me empecé a sentir mejor conmigo misma. Otro motivo más para amarla.
Una tarde me animé y le pregunté dónde había nacido, ya que me hablaba de tú y en un castellano extraño. Argentina no era. Mi pregunta desató sus ganas de hablar, como si hubiera estado esperando mi permiso para contar, a su vez, cosas de ella. Me dijo que nació en California, que se casó y se divorció muy joven, porque su marido quería que se dedicara al cuidado de la casa y ella quería trabajar. Quería ser modelo y actriz. Y su infancia había sido muy dura, y su adolescencia también, y ella, por primera vez en su vida, iba a tomar sus propias decisiones. Le pregunté si lo había logrado. Si pudo dedicarse al modelaje y a la actuación. Entrecerró los ojos, me miró profundo como nunca antes, como nunca después, me sonrió y me dijo que sí. Yo quería saber más, pero Estela entró al dormitorio y me avisó que ya eran las ocho de la noche, que me esperaban el lunes a la misma hora de siempre.
El lunes intenté retomar la conversación. Mejor cuéntame tú, me respondió Norma. Yo saqué mi ejemplar de El amor en los tiempos del cólera y me puse a leer.

En abril, una empresa me ofreció un puesto como secretaria administrativa. Nueve horas diarias, buen sueldo, todo en blanco. Le dije a Norma que me veía obligada a aceptar, y Norma entendió. Emocionada, le agradecí el trabajo y la compañía que me había dado durante esos meses. Ella me abrazó y me contestó que la visitara cuando quisiera. Lo hice un tiempo; cada tanto dedicaba un domingo a estar con ella. Luego me puse de novia, me casé, tuve a mi hijo, y las visitas se hicieron espaciadas hasta desaparecer.
La semana pasada me llamaron por teléfono.
-Hola. Habla Estela, no sé si se acuerda de mí. Yo cuidaba a Norma.
Claro que me acordaba, y el verbo en pasado me aflojó las piernas. Estela me pidió que fuera al departamento en cuanto pudiera. Me cambié el pantalón, dejé a mi hijo en lo de mi mamá, y volví, luego de diez años, a la casa de Norma.
Norma había muerto unos días antes. Estela me dio una caja de cartón, pude verla a través de las lágrimas de dolor y de culpa. Me dijo que Norma siempre me recordaba, y que le había pedido que me entregara su diario íntimo, que quería que yo lo conservara. Que yo fui, en su vida, lo más parecido a una nieta. Seguí llorando hasta que pude secarme los ojos. Abrí la caja, saqué el diario. La tapa tenía una palabra bordada: Marilyn.
No entendí. Marilyn. Ella se llamaba Norma. No Marilyn. Abrí el diario; estaba escrito en inglés, claro. Pasé las hojas, leí palabras sueltas, vi flores pegadas, fotos de Norma jovencita, y no era Norma, era Marilyn. La de las fotos era Marilyn. Marilyn Monroe. No entendía, hasta que entendí.
Miré a Estela con la boca abierta por el espanto y la fascinación. Estela sonrió con tristeza.
-¿Usted nunca lo sospechó? -me preguntó.
Quise pegarle. Quise matarla. Por dios, claro que no.
-No entiendo, ¿ella no estaba muerta? ¿No estaba deprimida, hace mucho, y murió? -contesté, pregunté, furiosa, aturdida, destruida.
-Ahora está muerta.
Sin piedad, tomé el diario, la caja, y dejé a Estela con su dolor.

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Temporada de jabalíes

Mi cuento Temporada de jabalíes fue elegido para el 2º puesto (premio compartido) en el primer concurso de cuentos de Grupo 23. El jurado estuvo integrado por Claudia Piñeiro, Pacho O’Donnell y Reynaldo Sietecase.

Pueden leer mi cuento -junto a los otros dos relatos ganadores- aquí.

La casa de las películas porno

Todos en el barrio lo sabíamos: en esa casa se filmaban películas porno.
Era una casona inmensa, similar a los castillos medievales de mi imaginación. Eso, claro está, no hacía más que alimentar el mito: en esa casa que parecía un castillo se filmaban películas porno.
Yo tenía once años y no entendía bien de qué se trataba el asunto; había escuchado hablar de pornografía como lo hacía toda nena de esa edad en la época previa a internet: oyendo a escondidas las conversaciones pimenteras de alguna que otra sobremesa familiar y numerosa, siempre en tono de chiste, siempre con cuidado de no decir nada explícito porque los niños están por ahí. En la práctica y en ese tiempo, mi noción del sexo filmado se limitaba a las películas de Olmedo y Porcel: Luisa Albinoni y Susana Romero, con sus culos largos, correteando semi-desnudas alrededor de una cama mientras Jorge y Alberto las perseguían sin alcanzarlas jamás. Sin embargo, la banda sonora de esas películas -siempre liviana, siempre naif, como de campanitas alegres y boludas- y la despreocupación con que mis padres me permitían mirarlas me hacían sospechar que el cine porno era otra cosa.
Entonces, Fabiana y yo decidimos pasar por la puerta de la casona hasta descubrir algo. Todas las tardes, al volver de la escuela, nos ingeniábamos para agarrar esa calle, aunque eso nos obligara a desviarnos dos cuadras de nuestra ruta lógica. Durante meses no vimos ni escuchamos ni percibimos nada. Las paredes altísimas y la puerta de hierro del presunto castillo tapaban todo, y nosotras imaginábamos escenas casi de fábula prohibida, con personas semejantes a dioses, Luisa Albinoni pero más bella y diabólica, hombres cuya hermosura y virilidad no nos atrevíamos a delinear, situaciones de otro mundo, un mundo ajeno y tentador como una maldita manzana que te expulsa del casto paraíso.
Un día escuchamos que la puerta de hierro se estaba abriendo. Fabiana, siempre más rápida que yo, fingió detenerse para atar sus cordones ya atados.
De la casa salió una mujer de pelo castaño sobre los hombros. Vestía un pantalón de jean, unas botas marrones de taco bajo y un pullover gris. Se paró frente a la puerta abierta, como para despedirse de alguien.
-Bueno, me voy. Qué frío que está haciendo. Ah, le dije a Julio que mañana puedo venir recién después del mediodía, por lo de mi mamá, viste.
-Sí, quedate tranquila, ya me dijo Julio. Empezamos a filmar después del mediodía. No hay drama- le contestó el hombre que le había abierto la puerta.
Ella sonrió breve.
-Gracias, Edu. Hasta mañana.
El hombre cerró la puerta. Ella se subió a un auto y se fue.
Nunca más pasé por la casona. Ni mi imaginación de once años ni yo estábamos listas para el golpe de esa revolucionaria y abrumadora normalidad.

Constante

El gato es el mismo. El gato no cambia. El gato es lo único que me salvó, hasta ahora, del suicidio.
Esto que me pasa me pasa desde hace algunas semanas, y es aterrador: cada día me despierto en una vida distinta. Parece que funciona así: me voy a dormir, y a la mañana siguiente me despierto en otro lugar, en otra época, con otras personas, con otra vida presente y pasada. Yo sigo siendo la misma, no cambia ni mi edad, ni mi cuerpo, ni mi cara. Soy yo en vidas diferentes cada día. Yo y mi gato, siempre blanco y negro, siempre gordo, siempre él. Puede parecer una tontería, pero no saben lo tranquilizador que resulta tener la compañía del mismo ser vivo todo el tiempo en medio de esta locura. El gato es la constante que me ayuda a no enloquecer, como decía Faraday en Lost.
En esto de las vidas diarias me tocaron cosas terribles y cosas maravillosas, pero siempre estresantes, incomprensibles, angustiantes. Una vez me desperté en un albergue para gente sin casa; no pude dejar de llorar en todo el día, por mí y por los demás. Otra vez me despertó un llamado de un hospital, era una enfermera que me dijo que a una tal Juliana Valdivieso se le había adelantado el parto y me necesitaban con urgencia; tuve que decirle que estaba muy enferma, que llamen a otra obstetra. Un día fui bailarina, y todo fue fantástico. Otro día fui boxeadora, Dios mío; por suerte me tocó un día de entrenamiento y no de pelea. Ayer me despertó un hombre, me daba besos en el cuello. Marcos. Pronto entendí que era mi marido, qué locura. Quiso tener sexo, pero le dije que me sentía mal. En esa vida, Marcos y yo tenemos dos hijos: un nene de diez años que juega todo el día en la computadora, y una pibita insoportable de cinco años, que llora, patalea y grita todo el tiempo y por cualquier cosa. Marcos es ingeniero y yo soy ama de casa. Anoche me fui a dormir aburrida y agotada física, mental y emocionalmente.
Hoy me desperté en la misma cama. Marcos estaba a mi lado. “Mi hija” abrió la puerta del dormitorio gritando que por qué nadie le había preparado la leche chocolatada. Me levanté, me puse una bata floreada y horrible, le preparé la leche a la nena, agarré al gato y sin dejar de acariciarlo me aovillé con él en un sofá.
Nunca sentí tanto miedo.

Ruta 3, kilómetro 48

Encima llovía. Odio mi trabajo siempre, pero esa noche llovía, además. Y por la ruta no pasaba nadie. Yo sé que soy un muchacho grande ya, y que tengo experiencia en la vida, hice la colimba y todo, pero igual no me causa gracia estar metido en esa estación de servicio toda la madrugada. Ruta 3, kilómetro 48, a la buena de Dios. Y mi horario es una mierda. De doce de la noche a ocho de la mañana. Yo hace rato que le pedí al comisario que me ponga un cana fijo, de seguridad, pero me dijo que no pueden, que están con poca gente, y que encima por acá es tranquilo. ¡Ése es el problema, que es tranquilo! Si pasara mucha gente no le pediría un guardia. Igual es macanudo, el comisario, me manda un patrullero todas las noches, dos o tres veces; el cana se toma un café, se queda un rato y después se va. Ya sé que peor es nada, pero no me alcanza.
Esa noche llovía. Pero mucho llovía, eh. Una de esas tormentas que te hacen arrugar si pensabas salir. Durante el día habían pasado muchos autos porque era 23 de diciembre, pero la madrugada del 24 y con esa lluvia quién carajo iba a pasar.
Y la piba apareció tipo dos de la mañana. Llovía con todo. La piba apareció en un Torino. No debía tener más de veinte años. Veintidós, como mucho. Ella, no el Torino, claro. Era preciosa, la piba. Rubia, ojos grandes, cara de miedo. Y entonces me acordé de que yo había visto una película así. No me puedo acordar cómo se llamaba. La cuestión es que era todo así, tal cual: ocurría en una noche lluviosa; una chica rubia llegaba a una estación de servicio -el foco de la luz titilaba, me acuerdo-. Parecía un angelito. Pero sacó un revólver y mató al encargado de la estación de servicio y a otras personas que estaban ahí. No me acuerdo el título pero es buenísima.
La piba bajó del Torino y entró al bar. Miró alrededor, supongo que para ver si había alguien. Quién carajo iba a estar ahí, con esa lluvia. Se frotaba los brazos con las manos; hacía frío, era 24 de diciembre pero hacía frío, con la lluvia había bajado mucho la temperatura.
-Hola, qué tal. Paré acá porque me da miedo manejar con esta tormenta. Me agarró por el camino. Y no tengo señal en el celular.
Ésa fue mi primera inquietud, como una alarma, ¿no? Es decir, ¿por qué me daba esas explicaciones, si yo no le había preguntado nada?
-Fuerte -contesté mientras señalaba la lluvia, para ganar tiempo.
-Sí, la verdad es que sí. Pensé que iba a llegar a mi casa antes de que se largara. Pero no.
Y sonrió con esa sonrisa de fastidio, de persona que se creyó a salvo de algo molesto y luego descubre que no, que estaba equivocada. Bueno, lo mismo que me dijo ella, en realidad.
-¿Vivís muy lejos? -le pregunté.
-No, en El álamo, acá a unos kilómetros. ¿Usted vende café?
Le serví un café sin sacarle la mirada de encima.
-¿Y de dónde venís a esta hora y con esta tormenta, si se puede preguntar?
Volvió a sonreír.
-Es que estudio en la Capital, y tuve un final recién, hace unas horas. Durante el año vivo allá, en una pensión, pero ahora vengo por las fiestas. Además no vuelvo a cursar hasta marzo -hizo una pausa-. Tendría que haber esperado hasta mañana. ¿Acá hay teléfono público?
-Tienen que venir a arreglarlo. Un idiota lo rompió el otro día, uno de esos pibes de catorce o quince años que van con los amigos a ver quién hincha más las pelotas, si me disculpás el lenguaje. Escriben las paredes, vuelcan los tachos de basura, esas cosas -dije, y le señalé el teléfono roto, pegado a la pared.
Se mordió el labio con angustia. Era un gesto planeado; tenía una boquita divina. Me quería distraer. Después suspiró. Igual que en la película.
-Y bueno, voy a tener que quedarme acá hasta que pare. Me da miedo por mí y por el auto, a ver si se arruina. Era de mi papá, me lo regaló.
-Linda máquina -dije. Yo le daba charla a propósito. No le creía nada.
-Hermosa. Ah, ya que está, ¿usted sabe de autos? Porque el mío hace un ruido raro, ¿lo puede mirar?
Ahí estaba. El ruido raro. La excusa clásica. Y yo no podía decirle que no, porque si no ella iba a sospechar que yo sospechaba.
-Claro. Mostrame.
Nos acercamos al Torino y ahí lo vi: un matafuegos debajo del asiento del acompañante. Apenas me agachara sobre el motor, la piba me lo partiría en la cabeza.
Saqué mi navaja del bolsillo del pantalón y se la clavé en la espalda, al lado de la columna.
Después volví al bar y me senté a esperar al cana, no debía tardar mucho. Traté de acordarme cómo se llamaba la película esa, para explicarle, pero no pude.

Gulliver en el país de mi bañadera

Gulliver salió por el desaguadero de la bañadera; yo ya sabía que vivía ahí, pero nunca lo había visto, y mucho menos mientras me bañaba. Atrevido.

Salió por el desaguadero, decía, y caminó hacia mí. Me dijo algo pero -lógico- no lo escuché. Entonces se subió a mi pie y comenzó a trepar por mi pierna. Resultó hábil como alpinista, quién lo hubiera dicho. Me incliné un poco, y así los rollos de mi abdomen le sirvieron como escalones; luego se aferró a mi pezón y allí quedó colgando. Se impulsó con elasticidad, sin embargo, y caminó por mi pecho hasta llegar a mi hombro. Se detuvo, agotado, y apoyó las manos en sus rodillas para recobrar el aliento. Ya recuperado, se acercó a mi oreja y me dijo:
-Por favor, no vuelvas a tirar lavandina en el desaguadero.
Ah, era eso.
-Perdón -contesté, desilusionada.
Gulliver emprendió el lento descenso, pero yo lo agarré por la cintura y lo puse con brusquedad en el suelo.

Un romántico, Gulliver. Un romántico.

Un auto caro

Creo que fue el viernes pasado. O sea, hace una semana. Hoy es jueves, sí, mañana va a hacer una semana. Vino el auto a eso de las once de la mañana y se paró en la entrada de la villa, casi en la puerta de mi casa. Fue raro, es un auto caro. Se nota cuando un auto es caro. Yo primero pensé que el conductor estaba perdido y vino a parar acá, y que debía estar asustado. Siempre se asusta la gente que no es de acá y viene por hache o por be. Entonces me acerqué, porque encima yo no veía nada, el auto tiene los vidrios oscuros. Me acerqué, le golpeé la ventanilla al conductor y le pregunté si necesitaba algo. El conductor bajó un poquito el vidrio, me miró, y después miró a alguien que iba atrás. Recién ahí me di cuenta de que el tipo es un chofer o un remisero. Un chofer, debe ser. Atrás iba una señora rubia, muy linda. Tenía anteojos de sol. Muy raro que estuvieran por acá, y lo más raro es que estaban tranquilos. No parecían perdidos. La señora me miró y le hizo un gesto al chofer. Me dio la sensación de que le decía “no, no me sirve” con el gesto. Y el chofer entonces me dijo “no, gracias, no necesitamos nada”, y subió la ventanilla. Yo ahí volví a mi casa, pero seguí mirando por la ventana. Pasó la Tita con el nene, pasaron los hijos de Marcela, pasó el Claudio, pasó Juan Carlos, y recién cuando estaba llegando Fernando -el que vive enfrente de mi casa, tres casas para allá- el chofer bajó la ventanilla y lo llamó. Pero no le dijo “Fernando”, o sea, no lo conocía, para llamarlo le chistó. “Chist, oiga”, le dijo. Fernando lo miró y se acercó despacio, como desconfiado; ya te digo, es raro esa gente por acá. Entonces Fernando se agachó un poco, se ve que el chofer le hablaba bajito, yo no escuché nada. Hablaron así un par de minutos y Fernando se metió en el auto, al lado del chofer. Estuvo como quince minutos ahí, y a los quince minutos el auto arrancó. No, no de golpe, normal, pero Fernando seguía adentro. O sea, el auto se fue con Fernando. Y volvieron como a las cinco o seis de la tarde, no me acuerdo la hora justa, pero era por ahí. El auto estacionó, Fernando se bajó, y el auto se fue. Y Fernando se fue a su casa. Al día siguiente, que era sábado, no pasó nada, pero el domingo a eso de las once veo que Fernando sale de su casa y se para acá, en la entrada de la villa, como esperando algo. Y al rato llega el auto, Fernando se sube, y el auto arranca. Y otra vez volvieron a la tarde. Igual que el viernes. Entonces yo presté atención los días siguientes, pero lunes y martes no pasó nada, como el sábado. El miércoles, ayer, sí, volvió el auto a la misma hora, Fernando se subió, y se fueron. Y después volvieron. Todo igual.
Pero ayer le pregunté. Cuando Fernando bajó del auto yo salí a la puerta como si fuera que yo salía de casualidad. Me animé y le pregunté quién era esa gente, quién era la mujer; él me miró como diciendo “qué te importa”, pero me dijo “me contrataron para un trabajo”. Y después se fue, para que no le pregunte nada más, me dio la sensación.
Hoy se lo llevaron de vuelta.

Charles y Maribel

El romance comenzó una tarde lluviosa, mientras Maribel se aburría frente a la computadora. Primero leyó todos los diarios online. Luego visitó un par de blogs. Puso “me gusta” en algunas cosas de Facebook. Y así, de página en página, cayó en el sitio de fotos antiguas. Se trataba de un sitio web que publicaba imágenes de hombres atractivos de épocas pasadas; abundaban los soldados jovencísimos, los militares, los espías, un tenista con piernas esbeltas y traje a rayas, un par de individuos no identificados y, finalmente, Él. Charles Lindbergh, inglés, aviador de labios carnosos -sensualmente entreabiertos- y mirada clara y lejana.
Maribel se enamoró. Profundamente. Dolorosamente. Unidireccionalmente y -se podría agregar- sin esperanzas, en especial porque la foto de Charles era de 1925.
Ah, pero Maribel nunca fue una de esas personas que abandonan el sueño ante la primera dificultad; por el contrario, adoraba los retos y los caminos cuesta arriba. Charles Lindbergh, entonces, se convirtió en su nueva ambición: ¿qué podía ser más cuesta arriba que seducir a un hombre que había vivido cien años atrás?
La meta primaria fue averiguar todo cuanto pudiera acerca de su hombre. Esto resultó relativamente fácil gracias a Google, la embajada británica en Argentina, y su tío, Sir Jeremy Saint-Templeton, fortuitamente exiliado de Inglaterra por un escandaloso asunto de polleras que involucró a una prima de Lady Di, actualmente radicado en la localidad bonaerense de Lanús, y poseedor de -aún en el exilio- numerosos contactos. Así, Maribel supo que su amado Charles fue designado como asistente del aviador Sir Geoffrey de Havilland para el que sería -y fue- el primer vuelo del DH.60 Moth, el 22 de febrero de 1925.
Lo siguiente -el viaje en el tiempo- también fue sencillo. No tanto como el trabajo detectivesco, claro, ya que el viaje obligaba a ajustar detalles complejos -vestimenta de la época, alojamiento, camuflaje perfecto- pero eran cosas que, con paciencia y habilidad, se podían solucionar. Sabiéndose hábil y paciente, Maribel le tocó el timbre a doña Felisa, la comadrona del barrio; doña Felisa era conocida por curar el empacho, el mal de ojo y la culebrilla, por tener el mejor jazminero en cincuenta cuadras a la redonda, y por haber descubierto una manera cierta de viajar en el tiempo. De viajar hacia atrás, por supuesto; se sabe que al futuro no se puede ir, ya que no existe y -lo más engorroso- nunca existió.
-Hola, doña Felisa. Necesito pedirle un favor. Tengo que ir al aeródromo del club de vuelo Stag Lane. Ah, y tiene que ser el 22 de febrero de 1925. No, mejor el 21 de febrero, porque si el avión sale a la madrugada y yo llego a la tarde, por ejemplo, no me va a servir. No sé a qué hora sale el avión.
Doña Felisa no tenía por costumbre ayudar a la gente a viajar en el tiempo y -de yapa- en el espacio; lo suyo no era mezquindad sino cautela: no quería que su secreto llegara a la prensa. La verdad es que no le importaba mucho esa advertencia que se le suele hacer a la gente que viaja en el tiempo (“no toques nada, no modifiques nada, las consecuencias podrían ser terribles”); doña Felisa tenía muchas décadas de vida y a esta altura sabía que los actos tienen consecuencias sea en el año 780 a.C., en 1880, o ahora. Además, a ella no le interesaba conocer los lugares exactos de las fechas clave; nunca se le hubiera ocurrido refugiarse en una cueva de Jerusalén en tiempos de Herodes, ni toparse con el temperamento de Madame de Montespan -y con su tendencia al envenenamiento- en la Versalles de Luis XIV. Los viajes de doña Felisa eran más modestos: un simple domingo parisino en 1930, Mar del Plata durante el último invierno, el pueblo de Trieste -en Údine, Italia- en la época en que su nona aún no había nacido allí. Los viajes de doña Felisa estaban gobernados por la nostalgia, no por las ansias de poder. Si quería guardar su secreto era porque intuía que, si se hacía masivo, las consecuencias dejarían de ser algo natural que simplemente sucede para convertirse -ahí sí- en tragedia.
Sin embargo, Maribel le caía bien, y su pedido no había sido normal; por lo general, la gente le pedía que la llevara a presenciar la decapitación de María Antonieta o alguna cosa de esas. Un club de vuelo en una noche inglesa cualquiera se parecía mucho a los viajes que ella misma solía hacer. Por ese motivo más que por cualquier otro, doña Felisa accedió.
Llegaron de noche a Stag Lane y esperaron. Hacía frío, pero a Maribel no le importaba; la adrenalina compensaba todo. No nos detendremos a narrar la espera de horas aburridas, ya que sería ponerle florituras a la nada.
De a poco, con el día, el lugar se fue poblando de gente ansiosa; el evento sería muy importante. Gracias a los nervios que copaban el aire, nadie se fijó en las mujeres que esperaban con la mirada llena de futuro (que no existe, pero que ellas lo llevaban consigo porque venían de allí). Y finalmente llegaron los aviadores. Maribel ubicó a Charles en dos segundos; se destacaba de los demás por un halo que bordeaba su cuerpo (aunque doña Felisa no notó nada, como no parecía notar nada la gente que estaba allí). Por su parte, Charles divisó la luz de Maribel y se acercó, y sintió el amor. Luego vio el futuro en sus ojos y sintió miedo. Mucho miedo. No entendía lo que había en los ojos de Maribel. Para entenderlo sólo debía quedarse, pero Charles había elegido mostrar su valor sólo en las alturas; saludó a Maribel con la sonrisa y la mirada eternas, y se subió al avión.

Hugo del Carril

Para D.

-El otro día escuché a un cantante, un muchacho. Es nuevo, no lo conocía. No sabés lo bien que canta. No le digas a Roberto porque va a decir que estoy loca y que no entiendo nada, pero para mí canta mejor que Gardel, mirá lo que te digo. Sólo tiene un defecto: es peronista. No me puedo acordar cómo se llama.

-¿Hugo del Carril?

-¡Ése! Hugo del Carril. ¿Lo conocés?

Marina no pudo evitar sonreír, y luego se sintió culpable. No tenía que sonreír. No era gracioso.

Ocurría que Marina no veía dolor en su abuela. El dolor estaba en ella misma, en su mamá, en su tío, en el resto de la familia, pero no en su abuela. Su abuela estaba en un lugar confortable, parecía. Un lugar en donde el cuerpo era joven, Roberto estaba vivo, y Hugo del Carril comenzaba con eso de la inmortalidad.

La madre de Marina lloraba todo el día; su madre no la reconocía. Incluso había días en los que la llamaba Norma, o Susana, o mamá. Su madre la llamaba mamá. Mamá, mirá los aros que me regaló Roberto, y los ojos se le llenaban de pájaros. Soy tu hija, mamá, por Dios, lloraba la mamá de Marina, y Marina quería decirle que no le dijera eso, que simplemente le sonriera y le asegurara que los aros eran hermosos, pero nunca se lo decía; no sabía qué se siente tener una madre sin tiempo, una madre sin fronteras entre el pasado y el presente.

-¿Vos cómo te llamás? Qué lindo pelo tenés.

-Marina.

-Sos rubia. A Roberto le gustan las rubias, espero que no se enamore de vos –decía la abuela de Marina, y reía. Marina también reía, y su cabeza –un huracán-, no entendía en qué momento su abuela se había convertido en una chica de su misma edad. Las arrugas estaban donde siempre, también las canas, el mismo cuerpo viejo, pero Marina miraba los ojos de su abuela y podía ver que ahí había otra cosa, algo más real, por extraño que esto pudiera parecer, y aunque su madre no pudiese percibirlo.

Esa noche, la abuela la llamó.

-Marina, ¿estás ahí?

-Sí.

-¿La otra chica dónde está? La que llora.

-Es mi mamá. Está en la cocina, tomando un té.

-Ah, está bien, está bien. Hace frío.

-¿Necesitás algo?

-Sí. Decile que la quiero. Que la amo. Que no esté triste, que estoy bien. Pero no le digas a Roberto que Hugo del Carril me gusta más que Gardel.

Y sonrió.

 

Carmen

Carmen no usaba bombacha. Los chicos del barrio iban a su casa a jugar a la bolita con su hijo, y Carmen se sentaba en una silla y ellos miraban debajo de su pollera, que siempre era la misma, una pollera gastada y floreada, con flores chiquitas, blancas y amarillas.

Nadie sabía de qué vivía. Tenía un marido que trabajaba aquí y allá, que gastaba las chauchas en caballos, y que nunca estaba. Eran tiempos duros, pero cada vez que la casa se le llenaba de pibes, Carmen compraba una Coca Cola grande y un paquete de galletitas, y convidaba en cantidades iguales. Ése parecía ser su lujo.

Los hombres también sabían que Carmen no usaba bombacha, pero no lo decían. En esa época las cosas no se decían, se murmuraban; hay quien afirma que esos años fueron mejores. Las mujeres, por su parte, murmuraban que sus hombres sabían que Carmen no usaba bombacha, y luego les gritaban a sus hijos que no fueran a su casa nunca más. El grito, como casi siempre, funcionaba peor que el murmullo; los chicos pasaban por la puerta siempre abierta de Carmen y ella los invitaba, vengan, entren, no se van a quedar ahí afuera. Luego compraba Coca Cola y galletitas, y los pibes se quedaban hasta que sus madres tocaban el timbre como quien descarga un martillo sobre el clavo torcido de la pared, ése que más de una vez nos arañó el brazo.

Un lunes por la tarde, los chicos encontraron a Carmen en el suelo del comedor. El hijo, que había entrado con ellos, se empapó las manos con la sangre en el momento de la desesperación. Para entonces, las flores de la pollera ya estaban perdidas en el húmedo fondo rojo.