Estaba pensando en la gente que da más de una oportunidad. Pensaba que hay algo perverso en dar muchas oportunidades. Perverso pero inocente, porque me refiero a gente honesta, que da muchas oportunidades porque cree o siente que debe hacerlo, no a gente que da muchas oportunidades por una cuestión de especulación y de debe y haber.

La perversidad que noto se basa en la sensación de inagotabilidad, de infinitud, de incondicionalidad que brinda la proliferación de oportunidades: te dieron una oportunidad, y la cagaste; te dieron otra, y la volviste a cagar; otra, y una vez más le fallaste. A la cuarta vez que la persona sigue ahí, que no se va, que no te manda al carajo, empezás a sentir que por algún extraño motivo, milagro o bondad del universo, esa persona va a estar ahí siempre. Forever. Que podés hacer lo que quieras, que no importa tanto lo que hagas, que no importa tanto cuánta desconsideración empuñes o cuánto daño quede, porque a esa persona le gusta dar oportunidades, le gusta confiar en vos, y lo va a seguir haciendo; no entendés muy bien por qué ocurre eso, pero tampoco importa, porque tu alma y tu ego se sienten bien, cómodos, confortados, y eso basta.

Pero esa sensación de inagotabilidad, de infinitud, de incondicionalidad es engañosa: la paciencia, aunque sea grande y resistente y esté llena de cosas lindas, es agotable y finita. Y ahí está lo perverso: un día, esa oportunidad número 5, número 17 o número 134 es también la oportunidad última. Ya está, no hay más. Y por lo general, la última es la última en serio, porque las personas que dan muchas oportunidades dan oportunidades incluso cuando ya tienen las bolas llenas, y entonces, la última oportunidad es algo enorme y chiquito a la vez, un latido de gorrión, la única semilla que queda. Me acuerdo de la escena final de “Nueve semanas y media”: Kim Basinger yéndose, lastimada, harta, con la paciencia en menos diez, y Mickey Rourke mirándola irse y murmurando, tan bajo que ella no lo puede oír: “No te vayas”. Él pensaba que ella le soportaría todo, por siempre. Pero ella -quién lo hubiera dicho- se va. Un día se va. Porque la incondicionalidad existe, pero es como la piedra filosofal: sólo la obtendrá aquel que no tenga intención de usarla.

 

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