El problema de los discursos motivacionales y del optimismo es la mala interpretación que se le da a su principal máxima: “Tú puedes hacerlo”. Tanto mamamos eso, tanto lo creemos, que cuando la realidad no se adapta a nuestra ambición pensamos que la responsabilidad es nuestra, enteramente nuestra. Y lo más grave es que, de ese modo, nuestra noción de realidad es la de algo estático, o que se mueve de acuerdo a nuestros deseos y caprichos. Y es grave porque pocas cosas son tan inquietas e ingobernables como la realidad.
Irónicamente, cuanto más grande y lejana es nuestra ambición, más posibilidades hay de que se concrete. Si nos ponemos a ello, claro. Y cuanto más pequeña y cotidiana, más posibilidades de que algo salga mal. Por ejemplo, si mi ambición es convertirme en arquitecta, posiblemente lo logre. Pero si mi ambición es llegar a las 7 en punto a Callao y Corrientes, lo más probable es que una infinidad de detalles ajenos a mí haga que mi meta se trastoque; con suerte y con voluntad, llegaré a las 6:57, o a las 7:06, pero ¿a las 7 en punto? ¿Cuántas posibilidades hay de que eso ocurra? Este ejemplo es burdo y aburrido, pero no quiero hacer de éste un texto testimonial; todos tenemos pequeñas ambiciones que podrían servir como ilustración. Todos sabemos qué planes teníamos, y cuántos de esos planes no salieron exactamente como lo habíamos pensado, deseado y ambicionado. Todos alguna vez nos preguntamos: “¿Qué hice mal?”. La buena noticia es que existe la probabilidad de que no hayamos hecho nada mal. La mala es que eso no siempre es determinante. ¿Por qué no es determinante? Regreso: porque la realidad es inquieta e ingobernable. Porque todo es influencia. “La vida no es un block cuadriculado sino una golondrina en movimiento”, dijo Sabina, graficando esto tan bien.
¿Entonces qué queda? ¿Vivir de ambiciones lejanas, de ambiciones de sombra larga? No se puede. Debemos tenerlas, claro, pero uno vive aquí y ahora; también tenemos que planear cosas para este momento, y para los que vienen. ¿Cómo, si la realidad se mueve tanto que a veces llegamos a vivir en el infierno de no entender ni quiénes somos, de perder de vista nuestro propio eje? Lo primero que hay que hacer, entonces, es ubicar nuestro eje y mantenernos pegados a él. ¿Cómo lo hacemos? ¿Y qué hacemos luego con eso? Acá me acuerdo de esa cosa tan perfecta que escribió Italo Calvino: “(…) buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo crecer, y darle espacio”.
Yo apuesto por la teoría de que nuestro eje, nuestra identidad, está determinada por el placer. Somos lo que nos da placer. ¿Qué te da placer, qué te hace bien? ¿Jugar al fútbol, cantar, pintar cuadros, pintar paredes, construir muebles, enseñar tejido, tocar la guitarra, aprender idiomas, coleccionar orquídeas, organizar lecturas de cuentos? Bien: hacelo crecer. ¿Quién te da placer, con quién estás cómodo, con quién reís? ¿Con él, con ella, conmigo? Bien: dale espacio.
Nada es tan fácil; todo es tan simple.
Y eso es el principio.

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