Cuando te gusta alguien no importa la mirada, ni la sonrisa, ni el pelo, ni el cuerpo, ni nada concreto. O importa, pero no se trata de nada de eso. Cuando te gusta alguien, lo que te gusta es una mezcla de todas sus características físicas -con especial énfasis en detalles que no miramos a simple vista- sumada a algo invisible e intangible pero aún más real y honesto: la energía que emana esa persona. El alma de esa persona. No el corazón, no el cerebro: el alma, que se revela en cada movimiento, en cada acción minúscula o grandiosa: caminar, hablar, reír, toser, agarrar un lápiz, correr una silla, bailar, rascarse una oreja, lo que sea. ¿Qué es lo que hace que una mujer -por ejemplo- se enamore hasta los huesos de un hombre, y que, en cambio, no sienta nada frente a su idéntico hermano gemelo? El alma del primero. Sus modos, sus maneras, las huellas externas de lo interno.

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