Actuar de modo tal que, si resulta que no es gol, el palo quede temblando. No importa el orsai, no importa lo desubicado de quedar fuera de la línea tácita; la vida a veces te compensa el hecho de haber ido adelante.
Adelante, siempre adelante. Como Atreyu, el guerrero, cuando avanza contra la Nada. Como ese poema de Nápoli que dice “Sabiendo que todo se apaga insistirás alumbrando”. Como ese poema de Pizarnik que dice: “Insiste en tu abrazo, redobla tu furia”.
Insistencia es tenacidad. Pero furia no es enojo, no es ira. Furia es la pulsión de vida. Es el motor de todo.
La insistencia es tenacidad, y no tiene por qué ser brutal. Eso es mala fama. La tenacidad más eficaz es dulce y amorosa. Una gotera imperceptible es tenaz. El tiernísimo cachorro de labrador que no se detiene hasta aprender a caminar es tenaz. Hay furia en cada espera; la paciencia está hecha de furia.
¿Por qué insistir en dar lumbre sabiendo que todo se apaga? Porque la otra opción es no dar lumbre. Y no dar lumbre no vale la pena. Claro, será horrible cuando todo se apague. Lloraremos. La pasaremos tan mal cuando todo se apague, que en ese momento querré saber que yo no hice eso, que yo no soy eso, que yo alumbré. Querré conservar la dignidad de saber que mi accionar era equivocado.

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