El mundo a sus pies

Fue en enero del 2000, me acuerdo porque poco antes todos estaban paranoicos con eso de que al cambiar de 99 a 00, las computadoras del mundo enloquecerían y estallarían, provocando un apocalipsis. Decían eso, me acuerdo. Y todavía nos reíamos de ese absurdo cuando me llamaron para ese trabajo. Trabajito, una changa, en realidad. Yo estaba desempleada desde hacía meses, era verano -enero, mes muerto- y cualquier cosa me venía bien. Y no era una propuesta desagradable. Tenía experiencia cuidando gente grande, y ahí lo único que me pedían era que le hiciera compañía a una señora, que le leyera y que tomara la merienda con ella. Dos o tres horas por día, de lunes a viernes. Ningún sacrificio.
El día que empecé a trabajar como dama de compañía de Norma hacía un calor imperdonable. El departamento de Santa Fe y Riobamba, sin embargo, estaba fresco. Era un departamento caro pero sobrio, amueblado con cosas pesadas, sillones antiguos, mesa de roble, cortinas oscuras; esas cosas de señora mayor que tiene plata.
Me recibió Estela, la mujer que me había convocado. Estela era la encargada de cuidar a Norma. Debía andar por los cincuenta años y mostraba esa mezcla perfecta de amabilidad y distancia que sugiere la palabra institutriz. Me pregunté si Estela hubiese preferido tener a tres o cuatro niños a su cargo en lugar de pasar los días velando la salud de una anciana, pero no dije nada, por supuesto.
-La señora Norma casi no se levanta de la cama. No está impedida, pero prefiere descansar lo máximo posible. Le gustaba mucho leer, pero a esta altura su visión es mínima, muy limitada; por eso me pidió que contrate a una chica para que le lea y le haga un poco de compañía. Supongo que estará harta de ver siempre mi cara -me dijo, y sonrió. Luego me llevó hasta una habitación, golpeó la puerta y la abrió. En otra época del año, la penumbra me habría resultado muy angustiante; ese día, con el sol criminal invadiendo todo lo que tocaba, me pareció un oasis.
Norma estaba recostada en la cama, con un almohadón detrás de la espalda. No era, de ningún modo, el derrumbe humano que yo había imaginado tras el preámbulo de Estela. Tenía más de setenta años pero menos de ochenta, y por su encanto innato pude darme cuenta de que en su juventud había sido una mujer espléndida. Las arrugas y las marcas del tiempo, lejos de opacar su belleza, se la protegían. Eso sentí cuando la vi. Con el correr de los minutos pude notar que, además de ser bella, Norma era un amor. Me enamoré de ella, de su persona, en apenas cinco minutos. No entendí por qué estaba tan sola, siendo por naturaleza uno de esos seres que sonríen y tienen el mundo a sus pies, incluso en la vejez.
Quería que le leyera, y también quería que le contara cosas, cosas mías y cosas de la calle. Por motivos que nunca me dijo, su departamento de Santa Fe y Riobamba se había convertido en una especie de prisión domiciliaria que ella misma se había impuesto. Enseguida percibí un pasado de tormenta y un presente espectral. Al instante le deseé un futuro de maravilla, y por eso, cuando me pedía que le contara cosas, le contaba sólo cosas lindas. Si no las tenía, se las inventaba. Por Norma me convertí en una narradora de la hermosura, y la consecuencia fue que me empecé a sentir mejor conmigo misma. Otro motivo más para amarla.
Una tarde me animé y le pregunté dónde había nacido, ya que me hablaba de tú y en un castellano extraño. Argentina no era. Mi pregunta desató sus ganas de hablar, como si hubiera estado esperando mi permiso para contar, a su vez, cosas de ella. Me dijo que nació en California, que se casó y se divorció muy joven, porque su marido quería que se dedicara al cuidado de la casa y ella quería trabajar. Quería ser modelo y actriz. Y su infancia había sido muy dura, y su adolescencia también, y ella, por primera vez en su vida, iba a tomar sus propias decisiones. Le pregunté si lo había logrado. Si pudo dedicarse al modelaje y a la actuación. Entrecerró los ojos, me miró profundo como nunca antes, como nunca después, me sonrió y me dijo que sí. Yo quería saber más, pero Estela entró al dormitorio y me avisó que ya eran las ocho de la noche, que me esperaban el lunes a la misma hora de siempre.
El lunes intenté retomar la conversación. Mejor cuéntame tú, me respondió Norma. Yo saqué mi ejemplar de El amor en los tiempos del cólera y me puse a leer.

En abril, una empresa me ofreció un puesto como secretaria administrativa. Nueve horas diarias, buen sueldo, todo en blanco. Le dije a Norma que me veía obligada a aceptar, y Norma entendió. Emocionada, le agradecí el trabajo y la compañía que me había dado durante esos meses. Ella me abrazó y me contestó que la visitara cuando quisiera. Lo hice un tiempo; cada tanto dedicaba un domingo a estar con ella. Luego me puse de novia, me casé, tuve a mi hijo, y las visitas se hicieron espaciadas hasta desaparecer.
La semana pasada me llamaron por teléfono.
-Hola. Habla Estela, no sé si se acuerda de mí. Yo cuidaba a Norma.
Claro que me acordaba, y el verbo en pasado me aflojó las piernas. Estela me pidió que fuera al departamento en cuanto pudiera. Me cambié el pantalón, dejé a mi hijo en lo de mi mamá, y volví, luego de diez años, a la casa de Norma.
Norma había muerto unos días antes. Estela me dio una caja de cartón, pude verla a través de las lágrimas de dolor y de culpa. Me dijo que Norma siempre me recordaba, y que le había pedido que me entregara su diario íntimo, que quería que yo lo conservara. Que yo fui, en su vida, lo más parecido a una nieta. Seguí llorando hasta que pude secarme los ojos. Abrí la caja, saqué el diario. La tapa tenía una palabra bordada: Marilyn.
No entendí. Marilyn. Ella se llamaba Norma. No Marilyn. Abrí el diario; estaba escrito en inglés, claro. Pasé las hojas, leí palabras sueltas, vi flores pegadas, fotos de Norma jovencita, y no era Norma, era Marilyn. La de las fotos era Marilyn. Marilyn Monroe. No entendía, hasta que entendí.
Miré a Estela con la boca abierta por el espanto y la fascinación. Estela sonrió con tristeza.
-¿Usted nunca lo sospechó? -me preguntó.
Quise pegarle. Quise matarla. Por dios, claro que no.
-No entiendo, ¿ella no estaba muerta? ¿No estaba deprimida, hace mucho, y murió? -contesté, pregunté, furiosa, aturdida, destruida.
-Ahora está muerta.
Sin piedad, tomé el diario, la caja, y dejé a Estela con su dolor.

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