La casa de las películas porno

Todos en el barrio lo sabíamos: en esa casa se filmaban películas porno.
Era una casona inmensa, similar a los castillos medievales de mi imaginación. Eso, claro está, no hacía más que alimentar el mito: en esa casa que parecía un castillo se filmaban películas porno.
Yo tenía once años y no entendía bien de qué se trataba el asunto; había escuchado hablar de pornografía como lo hacía toda nena de esa edad en la época previa a internet: oyendo a escondidas las conversaciones pimenteras de alguna que otra sobremesa familiar y numerosa, siempre en tono de chiste, siempre con cuidado de no decir nada explícito porque los niños están por ahí. En la práctica y en ese tiempo, mi noción del sexo filmado se limitaba a las películas de Olmedo y Porcel: Luisa Albinoni y Susana Romero, con sus culos largos, correteando semi-desnudas alrededor de una cama mientras Jorge y Alberto las perseguían sin alcanzarlas jamás. Sin embargo, la banda sonora de esas películas -siempre liviana, siempre naif, como de campanitas alegres y boludas- y la despreocupación con que mis padres me permitían mirarlas me hacían sospechar que el cine porno era otra cosa.
Entonces, Fabiana y yo decidimos pasar por la puerta de la casona hasta descubrir algo. Todas las tardes, al volver de la escuela, nos ingeniábamos para agarrar esa calle, aunque eso nos obligara a desviarnos dos cuadras de nuestra ruta lógica. Durante meses no vimos ni escuchamos ni percibimos nada. Las paredes altísimas y la puerta de hierro del presunto castillo tapaban todo, y nosotras imaginábamos escenas casi de fábula prohibida, con personas semejantes a dioses, Luisa Albinoni pero más bella y diabólica, hombres cuya hermosura y virilidad no nos atrevíamos a delinear, situaciones de otro mundo, un mundo ajeno y tentador como una maldita manzana que te expulsa del casto paraíso.
Un día escuchamos que la puerta de hierro se estaba abriendo. Fabiana, siempre más rápida que yo, fingió detenerse para atar sus cordones ya atados.
De la casa salió una mujer de pelo castaño sobre los hombros. Vestía un pantalón de jean, unas botas marrones de taco bajo y un pullover gris. Se paró frente a la puerta abierta, como para despedirse de alguien.
-Bueno, me voy. Qué frío que está haciendo. Ah, le dije a Julio que mañana puedo venir recién después del mediodía, por lo de mi mamá, viste.
-Sí, quedate tranquila, ya me dijo Julio. Empezamos a filmar después del mediodía. No hay drama- le contestó el hombre que le había abierto la puerta.
Ella sonrió breve.
-Gracias, Edu. Hasta mañana.
El hombre cerró la puerta. Ella se subió a un auto y se fue.
Nunca más pasé por la casona. Ni mi imaginación de once años ni yo estábamos listas para el golpe de esa revolucionaria y abrumadora normalidad.

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Comentarios

  • Cybrghost  On 1 marzo, 2012 at 6:30

    El trabajo es trabajo, y detrás siempre hay una persona, sea cual sea el trabajo. Me gustó mucho.

  • Oscar Cabrera Hurtado  On 18 abril, 2012 at 12:48

    La bestia siempre se humaniza cuando habla. Ya no se le tiene miedo.

  • Rodrigo  On 21 abril, 2012 at 1:06

    Me gusta la ingenuidad del texto, me gusta más por lo que no dice que por lo que dice, hay algo que me gusta y que no puedo entender, como tu nombre, que siento conocido pero no lo recuerdo.

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