Ruta 3, kilómetro 48

Encima llovía. Odio mi trabajo siempre, pero esa noche llovía, además. Y por la ruta no pasaba nadie. Yo sé que soy un muchacho grande ya, y que tengo experiencia en la vida, hice la colimba y todo, pero igual no me causa gracia estar metido en esa estación de servicio toda la madrugada. Ruta 3, kilómetro 48, a la buena de Dios. Y mi horario es una mierda. De doce de la noche a ocho de la mañana. Yo hace rato que le pedí al comisario que me ponga un cana fijo, de seguridad, pero me dijo que no pueden, que están con poca gente, y que encima por acá es tranquilo. ¡Ése es el problema, que es tranquilo! Si pasara mucha gente no le pediría un guardia. Igual es macanudo, el comisario, me manda un patrullero todas las noches, dos o tres veces; el cana se toma un café, se queda un rato y después se va. Ya sé que peor es nada, pero no me alcanza.
Esa noche llovía. Pero mucho llovía, eh. Una de esas tormentas que te hacen arrugar si pensabas salir. Durante el día habían pasado muchos autos porque era 23 de diciembre, pero la madrugada del 24 y con esa lluvia quién carajo iba a pasar.
Y la piba apareció tipo dos de la mañana. Llovía con todo. La piba apareció en un Torino. No debía tener más de veinte años. Veintidós, como mucho. Ella, no el Torino, claro. Era preciosa, la piba. Rubia, ojos grandes, cara de miedo. Y entonces me acordé de que yo había visto una película así. No me puedo acordar cómo se llamaba. La cuestión es que era todo así, tal cual: ocurría en una noche lluviosa; una chica rubia llegaba a una estación de servicio -el foco de la luz titilaba, me acuerdo-. Parecía un angelito. Pero sacó un revólver y mató al encargado de la estación de servicio y a otras personas que estaban ahí. No me acuerdo el título pero es buenísima.
La piba bajó del Torino y entró al bar. Miró alrededor, supongo que para ver si había alguien. Quién carajo iba a estar ahí, con esa lluvia. Se frotaba los brazos con las manos; hacía frío, era 24 de diciembre pero hacía frío, con la lluvia había bajado mucho la temperatura.
-Hola, qué tal. Paré acá porque me da miedo manejar con esta tormenta. Me agarró por el camino. Y no tengo señal en el celular.
Ésa fue mi primera inquietud, como una alarma, ¿no? Es decir, ¿por qué me daba esas explicaciones, si yo no le había preguntado nada?
-Fuerte -contesté mientras señalaba la lluvia, para ganar tiempo.
-Sí, la verdad es que sí. Pensé que iba a llegar a mi casa antes de que se largara. Pero no.
Y sonrió con esa sonrisa de fastidio, de persona que se creyó a salvo de algo molesto y luego descubre que no, que estaba equivocada. Bueno, lo mismo que me dijo ella, en realidad.
-¿Vivís muy lejos? -le pregunté.
-No, en El álamo, acá a unos kilómetros. ¿Usted vende café?
Le serví un café sin sacarle la mirada de encima.
-¿Y de dónde venís a esta hora y con esta tormenta, si se puede preguntar?
Volvió a sonreír.
-Es que estudio en la Capital, y tuve un final recién, hace unas horas. Durante el año vivo allá, en una pensión, pero ahora vengo por las fiestas. Además no vuelvo a cursar hasta marzo -hizo una pausa-. Tendría que haber esperado hasta mañana. ¿Acá hay teléfono público?
-Tienen que venir a arreglarlo. Un idiota lo rompió el otro día, uno de esos pibes de catorce o quince años que van con los amigos a ver quién hincha más las pelotas, si me disculpás el lenguaje. Escriben las paredes, vuelcan los tachos de basura, esas cosas -dije, y le señalé el teléfono roto, pegado a la pared.
Se mordió el labio con angustia. Era un gesto planeado; tenía una boquita divina. Me quería distraer. Después suspiró. Igual que en la película.
-Y bueno, voy a tener que quedarme acá hasta que pare. Me da miedo por mí y por el auto, a ver si se arruina. Era de mi papá, me lo regaló.
-Linda máquina -dije. Yo le daba charla a propósito. No le creía nada.
-Hermosa. Ah, ya que está, ¿usted sabe de autos? Porque el mío hace un ruido raro, ¿lo puede mirar?
Ahí estaba. El ruido raro. La excusa clásica. Y yo no podía decirle que no, porque si no ella iba a sospechar que yo sospechaba.
-Claro. Mostrame.
Nos acercamos al Torino y ahí lo vi: un matafuegos debajo del asiento del acompañante. Apenas me agachara sobre el motor, la piba me lo partiría en la cabeza.
Saqué mi navaja del bolsillo del pantalón y se la clavé en la espalda, al lado de la columna.
Después volví al bar y me senté a esperar al cana, no debía tardar mucho. Traté de acordarme cómo se llamaba la película esa, para explicarle, pero no pude.
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