Charles y Maribel

El romance comenzó una tarde lluviosa, mientras Maribel se aburría frente a la computadora. Primero leyó todos los diarios online. Luego visitó un par de blogs. Puso “me gusta” en algunas cosas de Facebook. Y así, de página en página, cayó en el sitio de fotos antiguas. Se trataba de un sitio web que publicaba imágenes de hombres atractivos de épocas pasadas; abundaban los soldados jovencísimos, los militares, los espías, un tenista con piernas esbeltas y traje a rayas, un par de individuos no identificados y, finalmente, Él. Charles Lindbergh, inglés, aviador de labios carnosos -sensualmente entreabiertos- y mirada clara y lejana.
Maribel se enamoró. Profundamente. Dolorosamente. Unidireccionalmente y -se podría agregar- sin esperanzas, en especial porque la foto de Charles era de 1925.
Ah, pero Maribel nunca fue una de esas personas que abandonan el sueño ante la primera dificultad; por el contrario, adoraba los retos y los caminos cuesta arriba. Charles Lindbergh, entonces, se convirtió en su nueva ambición: ¿qué podía ser más cuesta arriba que seducir a un hombre que había vivido cien años atrás?
La meta primaria fue averiguar todo cuanto pudiera acerca de su hombre. Esto resultó relativamente fácil gracias a Google, la embajada británica en Argentina, y su tío, Sir Jeremy Saint-Templeton, fortuitamente exiliado de Inglaterra por un escandaloso asunto de polleras que involucró a una prima de Lady Di, actualmente radicado en la localidad bonaerense de Lanús, y poseedor de -aún en el exilio- numerosos contactos. Así, Maribel supo que su amado Charles fue designado como asistente del aviador Sir Geoffrey de Havilland para el que sería -y fue- el primer vuelo del DH.60 Moth, el 22 de febrero de 1925.
Lo siguiente -el viaje en el tiempo- también fue sencillo. No tanto como el trabajo detectivesco, claro, ya que el viaje obligaba a ajustar detalles complejos -vestimenta de la época, alojamiento, camuflaje perfecto- pero eran cosas que, con paciencia y habilidad, se podían solucionar. Sabiéndose hábil y paciente, Maribel le tocó el timbre a doña Felisa, la comadrona del barrio; doña Felisa era conocida por curar el empacho, el mal de ojo y la culebrilla, por tener el mejor jazminero en cincuenta cuadras a la redonda, y por haber descubierto una manera cierta de viajar en el tiempo. De viajar hacia atrás, por supuesto; se sabe que al futuro no se puede ir, ya que no existe y -lo más engorroso- nunca existió.
-Hola, doña Felisa. Necesito pedirle un favor. Tengo que ir al aeródromo del club de vuelo Stag Lane. Ah, y tiene que ser el 22 de febrero de 1925. No, mejor el 21 de febrero, porque si el avión sale a la madrugada y yo llego a la tarde, por ejemplo, no me va a servir. No sé a qué hora sale el avión.
Doña Felisa no tenía por costumbre ayudar a la gente a viajar en el tiempo y -de yapa- en el espacio; lo suyo no era mezquindad sino cautela: no quería que su secreto llegara a la prensa. La verdad es que no le importaba mucho esa advertencia que se le suele hacer a la gente que viaja en el tiempo (“no toques nada, no modifiques nada, las consecuencias podrían ser terribles”); doña Felisa tenía muchas décadas de vida y a esta altura sabía que los actos tienen consecuencias sea en el año 780 a.C., en 1880, o ahora. Además, a ella no le interesaba conocer los lugares exactos de las fechas clave; nunca se le hubiera ocurrido refugiarse en una cueva de Jerusalén en tiempos de Herodes, ni toparse con el temperamento de Madame de Montespan -y con su tendencia al envenenamiento- en la Versalles de Luis XIV. Los viajes de doña Felisa eran más modestos: un simple domingo parisino en 1930, Mar del Plata durante el último invierno, el pueblo de Trieste -en Údine, Italia- en la época en que su nona aún no había nacido allí. Los viajes de doña Felisa estaban gobernados por la nostalgia, no por las ansias de poder. Si quería guardar su secreto era porque intuía que, si se hacía masivo, las consecuencias dejarían de ser algo natural que simplemente sucede para convertirse -ahí sí- en tragedia.
Sin embargo, Maribel le caía bien, y su pedido no había sido normal; por lo general, la gente le pedía que la llevara a presenciar la decapitación de María Antonieta o alguna cosa de esas. Un club de vuelo en una noche inglesa cualquiera se parecía mucho a los viajes que ella misma solía hacer. Por ese motivo más que por cualquier otro, doña Felisa accedió.
Llegaron de noche a Stag Lane y esperaron. Hacía frío, pero a Maribel no le importaba; la adrenalina compensaba todo. No nos detendremos a narrar la espera de horas aburridas, ya que sería ponerle florituras a la nada.
De a poco, con el día, el lugar se fue poblando de gente ansiosa; el evento sería muy importante. Gracias a los nervios que copaban el aire, nadie se fijó en las mujeres que esperaban con la mirada llena de futuro (que no existe, pero que ellas lo llevaban consigo porque venían de allí). Y finalmente llegaron los aviadores. Maribel ubicó a Charles en dos segundos; se destacaba de los demás por un halo que bordeaba su cuerpo (aunque doña Felisa no notó nada, como no parecía notar nada la gente que estaba allí). Por su parte, Charles divisó la luz de Maribel y se acercó, y sintió el amor. Luego vio el futuro en sus ojos y sintió miedo. Mucho miedo. No entendía lo que había en los ojos de Maribel. Para entenderlo sólo debía quedarse, pero Charles había elegido mostrar su valor sólo en las alturas; saludó a Maribel con la sonrisa y la mirada eternas, y se subió al avión.
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