Hugo del Carril

Para D.

-El otro día escuché a un cantante, un muchacho. Es nuevo, no lo conocía. No sabés lo bien que canta. No le digas a Roberto porque va a decir que estoy loca y que no entiendo nada, pero para mí canta mejor que Gardel, mirá lo que te digo. Sólo tiene un defecto: es peronista. No me puedo acordar cómo se llama.

-¿Hugo del Carril?

-¡Ése! Hugo del Carril. ¿Lo conocés?

Marina no pudo evitar sonreír, y luego se sintió culpable. No tenía que sonreír. No era gracioso.

Ocurría que Marina no veía dolor en su abuela. El dolor estaba en ella misma, en su mamá, en su tío, en el resto de la familia, pero no en su abuela. Su abuela estaba en un lugar confortable, parecía. Un lugar en donde el cuerpo era joven, Roberto estaba vivo, y Hugo del Carril comenzaba con eso de la inmortalidad.

La madre de Marina lloraba todo el día; su madre no la reconocía. Incluso había días en los que la llamaba Norma, o Susana, o mamá. Su madre la llamaba mamá. Mamá, mirá los aros que me regaló Roberto, y los ojos se le llenaban de pájaros. Soy tu hija, mamá, por Dios, lloraba la mamá de Marina, y Marina quería decirle que no le dijera eso, que simplemente le sonriera y le asegurara que los aros eran hermosos, pero nunca se lo decía; no sabía qué se siente tener una madre sin tiempo, una madre sin fronteras entre el pasado y el presente.

-¿Vos cómo te llamás? Qué lindo pelo tenés.

-Marina.

-Sos rubia. A Roberto le gustan las rubias, espero que no se enamore de vos –decía la abuela de Marina, y reía. Marina también reía, y su cabeza –un huracán-, no entendía en qué momento su abuela se había convertido en una chica de su misma edad. Las arrugas estaban donde siempre, también las canas, el mismo cuerpo viejo, pero Marina miraba los ojos de su abuela y podía ver que ahí había otra cosa, algo más real, por extraño que esto pudiera parecer, y aunque su madre no pudiese percibirlo.

Esa noche, la abuela la llamó.

-Marina, ¿estás ahí?

-Sí.

-¿La otra chica dónde está? La que llora.

-Es mi mamá. Está en la cocina, tomando un té.

-Ah, está bien, está bien. Hace frío.

-¿Necesitás algo?

-Sí. Decile que la quiero. Que la amo. Que no esté triste, que estoy bien. Pero no le digas a Roberto que Hugo del Carril me gusta más que Gardel.

Y sonrió.

 

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Comentarios

  • g.  On 3 agosto, 2011 at 20:03

    difícil para una hija. lo veo en mi mamá con su madre. difícil entender que la vida también puede ser ese lugar sin tiempo y sin memoria, nebuloso y confundido.
    un abrazo,

    • Gilda Manso  On 4 agosto, 2011 at 16:06

      Esta historia es verídica, en parte.
      Supongo que nos paramos frente a la vida y creemos que se trata de aquello que podemos percibir y nada más. Debe ser un error.
      Abrazo, G.

  • dany  On 4 agosto, 2011 at 17:51

    hermoso.hermosisimo.es supremo como la cabeza se resguarda en aquel lugar donde mejor uno se siente…creo que captaste la realidad de manera sublime…te quiero!!!(mucho,mucho)

  • Raul Castro  On 5 agosto, 2011 at 19:40

    Muchas gracias, Gilda. El relato tiene el dolor y el amor que están presentes en una situación así (junto con todos los otros ingredientes).

  • ALX AND1N0  On 27 agosto, 2011 at 22:30

    Pocas cosas me resultan mas temibles en esta vida, que la posibilidad de que la mente de mis queridos viejos se escape a algún lugar y tiempo en que yo aun no existía…

    Gracias por tus escritos, siempre estimulantes de ideas y emociones.

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