Gladiador

“ (…) la gente la pura gente

la cojonuda gente a la orientala

que en la avenida gritó tiranos temblad

hasta que llegó al mismísimo

temblor del tirano

y la muchacha y el muchacho desconocidos

que se desprendieron un poco de sí mismos

para tender sus manos y decirme

adelante y valor (…)”.

(“Hombre que mira sin sus anteojos”, Mario Benedetti).


En la película “Gladiador”, Russel Crowe es un hombre convertido en esclavo del emperador romano, interpretado por Joaquín Phoenix. Pero no es un esclavo más: Crowe, ya en cautiverio, pasa a integrar la trouppe de gladiadores que luchan por su vida en el Coliseo; su tarea es entretener al emperador y a la plebe, que también asiste al sanguinario espectáculo.

El encargado de entrenar a Crowe es un ex gladiador y también es –detalle que no se le escapa al protagonista- un hombre libre. Crowe le pregunta cómo hizo él para volver a ser libre, cómo lo consiguió; le pide que le cuente el secreto. El entrenador le contesta que el antiguo emperador le concedió la libertad como recompensa por haber sido el mejor gladiador, y agrega esta joyita:

-Yo no era el mejor porque mataba primero. Yo era el mejor porque el público me amaba. Gánate al público y ganarás tu libertad.

Un hombre menos inteligente que nuestro gladiador habría interpretado mal esas palabras. Un hombre menos inteligente, cegado por las ansias de libertad, habría entendido que no importaba matar primero, que lo único que importaba era ganarse al público. Ese hombre habría muerto despedazado por un león mientras se concentraba en una vacía e inútil mueca demagógica. Pero no por casualidad el personaje central es Crowe, no por casualidad es el único héroe en este lío. Crowe entiende varias cosas: que para ser libre debe estar vivo, que adentro del Coliseo la cosa es matar o morir (y que es eso lo que se espera de él: que mate o que muera), y que si logra cierta constancia, cierta coherencia en su método de lucha, la victoria a largo plazo es una posibilidad real. Y entiende dos cosas más: que el público idolatra a los gladiadores fuertes y atrevidos, y que el emperador es un hijo de puta.

Pasa el tiempo, y Crowe se convierte en el mejor gladiador de Roma. Mata primero, y el público lo ama. El emperador, en cambio, lo odia. Por motivos personales y políticos, el emperador quiere verlo muerto. Los leones entrenados para matar y los luchadores desesperados por un rato más de vida no logran cumplir el deseo del emperador: nuestro gladiador sabe lo que hace. Sabe luchar. Sabe esquivar. Sabe matar. Sabe hacer eso que se espera de él.

Un día, Crowe desafía en público al emperador. Nuestro luchador enfrenta al emperador –enfrenta al poder- en medio de un Coliseo repleto de gente. Nadie había hecho eso nunca. Y en el fondo y ya sin otros recursos, eso era lo que el emperador esperaba: gracias a su título, gracias a su trono, el emperador puede decidir si ese hombre que cometió la osadía de plantarle cara puede seguir vivo o si debe morir: si el emperador levanta el pulgar de una de sus manos, el hombre vive. Si el emperador baja el pulgar, el hombre es asesinado por sus guardias de seguridad (o destrozado por una docena de leones, lo mismo da). El emperador, entonces, se dispone a bajar lentamente el pulgar; un solo gesto basta. Y en ese momento ocurre algo inédito: la gente, el público, grita. Pide, reclama, exige que el gladiador siga con vida. El emperador se debate entre dos sentimientos (tal vez más): el deseo de hacer lo que se le canta sin reparar en derechos ajenos, como hizo siempre, y la certeza de que eso que tiene en contra (el gladiador y su pueblo) puede ser algo peligroso. No termina de entender esto último (nadie es más peligroso que el emperador), pero una parte suya, quizás el instinto de supervivencia, le dice que no le conviene matar a un hombre tan multitudinariamente acompañado.

Con una expresión en su rostro que refleja el odio y el miedo (Joaquín Phoenix es muy grande), y comenzando a entender cuál es la diferencia entre un gladiador y un simple matarife, el emperador sube el pulgar.

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Comentarios

  • Susana  On 20 abril, 2011 at 19:40

    Muchas veces he pensado que Russel Crowe nació con la finalidad de hacer ese papel. El valor que exuda, qué digo valor, la cojonuda actitud, el dolor, la virtud, la convicción, la lealtad (la escena con Marco Aurelio me pone de rodillas…)la hombría de bien, su postura ante la iniquidad…¿cuántas veces he visto esta película? Creo que decenas, toda vez me emociona, aunque la historia oficial cuenta que las cosas no fueron así en el siglo II.

    Ignoro cómo es el hombre detrás del actor y no me importa, se arregló para transmitir un mensaje.

    Lo has contado precioso mi Gilda.

    Apapachitos amor!

  • Humo  On 1 mayo, 2011 at 8:06

    Te olvidaste contar que el gladiador tiene un motivo para continuar vivo…

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