Terciopelo pétreo magenta

“Su pasividad no era la de un héroe en retiro sino la de un cataclismo en reposo” (Gabriel García Márquez).

El crimen había ocurrido hacía ya un tiempo, y cuando él entró en la cárcel, se le antojó un infierno excesivo. Si tenía razón o si se trataba de un castigo justo, nunca se sabrá; nadie estuvo en su piel, e ignoramos cuál fue el crimen.

Siempre supo que la cárcel, en la mayoría de los casos, se encargaba de agrandar y perpetuar lo corrupto, lo podrido dentro de cada recluso. Sólo una afortunada y pequeñísima minoría salía de allí con ganas de ser algo mejor, con confianza en el mundo, en nuevas oportunidades y, principalmente, en la propia capacidad para cambiar. Y él, que no tenía nada mejor por hacer, se propuso formar parte de esa minoría. Claro que nunca dependemos totalmente de nosotros; la influencia externa es constante e interminable, y si resulta difícil que una persona dueña de su libertad se mantenga firme en su meta como si el resto del mundo y sus propias metas no pusieran piedras en el camino, más difícil le resulta a una persona cuyo horizonte más lejano es una pared con un guardia armado.

Una tarde, luego de recibir una golpiza tremenda, él se dio cuenta de que ni siquiera su cuerpo le pertenecía. Presos y carceleros tenían acceso a su cuerpo, y él pensó, con tristeza peligrosa, que toda batalla estaba perdida. Mientras descansaba en su catre y trataba de idear un método para salvar no ya su futuro sino su vida inmediata, un pensamiento lo llevó a otro y recordó, de golpe, un cuento que le contaba su abuela en un pasado –hasta el momento- inalcanzable. El cuento decía que había un hombre condenado a muerte, y había un rey que podía salvarlo con sólo una orden. El pueblo pedía piedad, y el rey, firme, decidió enviar un rápido y conciso mensaje al verdugo: “Perdonar es imposible, que se cumpla la condena”. Pero el mensajero, que quería salvar al hombre condenado a muerte, tuvo la temeraria osadía de modificar el mensaje; cuando el mensajero le entregó al verdugo la carta del rey, ésta decía: “Perdonar, es imposible que se cumpla la condena”. Y el condenado salvó su vida gracias a una coma.

Nuestro preso tuvo, entonces, una revelación: sí había una parte suya que podía proteger. Y si la protegía bien, si creaba murallas a su alrededor, su futuro no estaba perdido. Nuestro preso pidió libros, y pidió lápices y papeles. Se lo concedieron, porque qué gran peligro podía suponer un lápiz y un papel. Lo vigilaron, claro, no fuera a ser que el preso utilizara aquello para enviar mensajes subversivos a otras celdas, pero no. Él pasaba su tiempo leyendo como quien se alimenta, y escribiendo como quien respira luego de haber pasado mucho tiempo con la cabeza bajo el agua. Escribía cuentos y poemas, y estaba demasiado ocupado para crear problemas.

Un día, un carcelero más sagaz que los demás descubrió en los cuentos y en los poemas un latido de libertad. El carcelero pensó –se enteró- que ese preso no era como los demás, y eso no era bueno. El carcelero ordenó quitar libros, lápices y papeles y, por las dudas, moler a golpes a la oveja negra.

Pero nuestro preso sabía algo que el carcelero ignoraba: para quien escribe de verdad, para quien domina las palabras de verdad, lápiz y papel son accesorios; claro que hubiera dado su brazo torpe a cambio de recuperarlos, pero entendía que se trataba de una guerra. Y a esta altura, la muralla ya estaba creada; nuestro preso tenía una colección de palabras más resistentes que el acero, y mientras algunos presos rezaban el Padrenuestro, él murmuraba terciopelo pétreo magenta frondoso ocaso temple leonino salero duna claroscuro catalán laberinto golondrina cobijo escarabajo fantoche jabalina guinda valkiria bronce sombra mazorca nativo chimenea liturgia, y lo hacía una y otra vez, en voz baja, en casi silencio, sin parar, con constancia, como quien coloca ladrillos, invoca a los dioses o planea una revolución.

 

 

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Comentarios

  • mejorana  El 30 enero, 2011 a las 17:03

    Te felicito Gilda por tu nuevo libro. Ojalá que tenga todos los éxitos del mundo.

  • CYBRGHOST  El 30 enero, 2011 a las 21:02

    Me pareció genial. Una gran crítica estupendamente redactada.

  • Fernando Terreno  El 31 enero, 2011 a las 18:18

    Vine desde La cueva de Susana y me encontré con este cuento muy lindo. El tema me hizo recordar un libro del checo Julius Fucik: Reportaje al pie del patíbulo, el capítulo se llamaba La celda 457 canta (o algo así).
    ¿De qué editorial es o en qué librerías está tu libro?

    • Gilda Manso  El 14 febrero, 2011 a las 11:51

      ¡Bienvenido! No leí ese libro, lo tendré en cuenta. 🙂

      La editorial de Matrioska es Malas Palabras; la lista de librerías la acabo de publicar recién en un posteo nuevo.

      ¡Abrazos!

  • Susana  El 3 febrero, 2011 a las 11:25

    Esa “muralla” le dio la libertad. Oxímoron y milagro: había construido una defensa inexpugnable. Muy buen trabajo Gilda mía!

    (un alegrón encontrar a Fernando Terreno aquí, magnífico interlocutor y amigo querido, te recomiendo su blog “La Pulpera”, un alhajero!)

    Apapachitos Amiga Queridaza!

    • Gilda Manso  El 14 febrero, 2011 a las 11:52

      Lo curioso (o maravilloso, o no), es que me basé en una historia real. Ya te la contaré.

      Siempre tengo agradables sorpresas con los lectores de tu cueva que luego pasan por aquí. 🙂

      I adoro you.

  • zorro de Segovia  El 5 febrero, 2011 a las 8:35

    maravilloso, de los mejores relatos que te recuerdo. Besos desde España.

  • Moreiras  El 9 marzo, 2011 a las 15:41

    Maravilloso cuento Gilda. Felicidades y una sonrisa

  • Miguel Aguilera  El 22 marzo, 2011 a las 10:19

    Excelente.

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