Bastardo

El patrón estacionó la camioneta al final de la entrada de su estancia. A su lado, su hijo mantenía el ceño fruncido; no le interesaba el campo, era puro barro, hedor a animales y ahora, en verano y allá afuera, un calor inverosímil. No entendía cómo los peones podían trabajar en el pastoreo y la cosecha día tras día, bajo el sol o la lluvia, con los mosquitos y la bosta. No lo entendía ni le importaba; el hijo del patrón sólo quería vivir bien, y vivir bien significaba vivir en la ciudad, en su departamento ubicado en la calle más exclusiva, cerca de los lugares de moda, de elite, de esa elite a la que él pertenecía por ser el hijo de un hombre de plata. Que su padre hubiera hecho plata con el campo era algo que a él tampoco le importaba. La plata estaba, y punto; ¿para qué iba a perder tiempo y energía en ese lugar que tanto asco le daba? Cada vez que su padre lo llevaba a recorrer los sembrados terminaba con los pantalones manchados con algo: fruta, verdura, barro. Algún día todo esto va a ser tuyo, aprendé a amarlo, le decía el patrón y le mostraba, orgulloso, la nueva cría de una vaca que olía como el infierno o un viñedo igual a cualquier viñedo. El hijo del patrón decía que sí, mientras pensaba que cuando todo eso fuera suyo, lo vendería sin dudar al mejor postor.

Bajaron de la camioneta, el patrón con una sonrisa en la mirada y el hijo con ganas de irse de allí. Uno de los peones se acercó, secándose la cara con el dorso de una mano.

-Buen día, patrón.

-¡Ramón querido! Me dijo José que fuiste vos el que apagó el fuego en el gallinero. Me salvaste las gallinas, Ramoncito. Che, Ignacio, ayer se incendió el gallinero, y Ramón lo vio a tiempo y apagó el fuego.

El hijo del patrón gruñó como toda respuesta. Tras unos segundos estáticos, el patrón se llevó al peón a un costado; el hijo ni lo notó.

-¿Cómo está tu mamá? ¿Le alcanzó la plata? Decime la verdad, Ramón.

-Está bien, ya está bien. Sí, alcanzó, no se preocupe.

El patrón lo miró profundo.

-Bueno. Decile que antes de irme paso a verla. ¡Ignacio, vamos adentro! Tengo hambre.

El hijo del patrón comenzó a caminar hacia la casa. Ramón lo miró, murmuró algo que nadie escuchó, y siguió trabajando.

 

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Comentarios

  • Oscar Cabrera Hurtado  On 17 enero, 2011 at 19:08

    Pobre Ramón

  • Susana  On 18 enero, 2011 at 19:20

    El amor por la tierra no se aprende. Y el viejo dicho “Padre Rico, hijo noble, nieto pobre” se sigue cumpliendo. Probablemente eso ya lo sabe Ramón, de allí que murmura…

    Buen Trabajo mi Gilda Querida!

    Apapachazo con deditos cruzados…

    🙂

    • Gilda Manso  On 14 febrero, 2011 at 11:55

      Hay cosas que se heredan sin querer, tal vez. Y otras que no hay manera de aprender a amar. La “sangre” tira o no, creo que es algo aleatorio.

      Apapachazo.

  • Nani  On 22 enero, 2011 at 16:19

    Algunos jóvenes aprenden muy tarde de donde vienen muchos valores y empiezana preciar lo importante, cuando ya han perdido muchas cosas.
    Me ha gustado mucho el relato.

    Besicos muchos.

  • Zorro de Segovia  On 27 enero, 2011 at 19:34

    en España dicen “padre caballero, hijo mesonero, nieto pordiosero”

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