Es un espejo

Descargué el tercer golpe sobre la cara de Alicia.

-Me estás haciendo perder la paciencia, piba. ¿Cómo se pasa a través del espejo?

La chica lloraba; no se limpiaba las lágrimas porque no podía: tenía las manos atadas detrás de la silla en la que, una hora antes, yo la había sentado.

-Por favor, ya le dije que no sé. Simplemente pasé. No sé cómo se hace. Yo me acerqué al espejo y al instante estaba del otro lado.

Me limpié la transpiración de la frente. Esa chica resultó ser más dura de lo que había pensado.

-¿Qué hay exactamente al otro lado del espejo? –le pregunté, reprimiendo mis ganas de golpearla de manera definitiva e irreversible. No me gustan los juegos.

-Hay flores que hablan, y un ajedrez del que puedo ser reina, y una reina de verdad, la Reina Roja, y el Rey Rojo, y muchas cosas así. Pero por favor, no me pegue más.

A ver, las flores no hablan. Y nadie puede ser reina, caballo o peón en un ajedrez, porque el ajedrez es un puto juego de mesa. Y los reyes no existen, al menos no en Sudamérica. Y sin embargo, la piba parecía decirme la verdad. Que atravesó el espejo, que no sabe cómo lo hizo, y que allí se encontró con las flores, el ajedrez latente, y “muchas cosas así”. Una de dos: o Alicia estaba completamente chiflada, o había algo que se me estaba escapando.

Respiré hondo, le desaté las manos y le di un vaso con agua.

-Tomá agua. Tranquilizate, no te voy a pegar más. Te voy a hacer unas preguntas, y quiero que las respondas de acuerdo a tus conocimientos y a tu percepción, ¿está bien?

Alicia asintió; cualquier cosa era mejor que golpes, lágrimas y manos atadas.

-¿Cuánto es dos más dos? –pregunté.

-Tormenta –contestó.

La miré fijo.

-¿Decís que dos más dos da como resultado tormenta?

Alicia volvió a asentir. La mirada le temblaba; temía otro cachetazo.

-¿Qué hay en el fondo del mar? –pregunté.

-Algas, peces, y una ciudad de oro. Una vez fui y me nombraron Ciudadana Ilustre. Todo es oro, todo, menos la comida, que es comida de verdad: alfajores, torta de chocolate y café con leche.

Volví a mirarla fijo, pero no cuestioné su respuesta.

-¿Cómo soy yo? ¿Cómo es mi apariencia? –inquirí.

Alicia sintió pánico, no quería responder esa pregunta.

-Te prometo que, digas lo que digas, no te voy a pegar. Ahora contestame: ¿cómo soy?

Alicia cerró los ojos y contestó.

-Usted mide cinco metros de altura, tiene tentáculos (ocho), cuatro colmillos afilados, de su mirada salen cuchillos ensangrentados, huele a perro muerto, su piel es de color gris y está toda llena de clavos (como la cama de un faquir), su cabellera no es de pelo sino de culebras y su voz es de tormenta, como la suma de dos más dos. ¡Ah! Y tiene cinco pies; uno le sale de la espalda, debajo de las alas desplumadas.

Yo me quedé atónita. Otra vez parecía decir la verdad.

Me acerqué al espejo. Al espejo de Alicia. Me paré frente a él, me miré, y comprobé que seguía siendo lo que fui todo el tiempo: una mujer corriente, de un metro sesenta de altura, ojos normales (sin cuchillos), cabellera normal, olor normal, pies y espalda normales (dos y sin alas, respectivamente), piel blanca, voz normal tirando a grave, pero carente de rayos y truenos.

Puse mi mano izquierda sobre el espejo y nada pasó. Siempre permanecí de este lado. Miré a Alicia, pensé en sus respuestas; volví a mirarme al espejo, y finalmente entendí.

-Podés irte –le dije. Alicia no me obligó a repetirlo; salió corriendo de la habitación y jamás volví a verla.

Publicado en el número 8 de Guardagujas, suplemento cultural del periódico mexicano La Jornada Aguascalientes.

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Comentarios

  • Wara  On 10 julio, 2010 at 20:09

    Qué increible historia, Gilda, preciosa. Precisamente hoy, por asociación con otras lecturas, estuve pensando que nunca conseguí leer a Alicia de principio a fin; de algún modo no consigo congeniar con ella. En fin…

    Besos.

    • Gilda Manso  On 18 julio, 2010 at 12:50

      Gracias, Wara! Cuando me sucede eso, dejo el libro en un rincón, hasta que me entran ganas.

      🙂

  • Moreiras  On 11 julio, 2010 at 5:01

    Suculenta y gore historia paralela de la nuestra inocente Alicia.
    Un saludo

  • Belén  On 11 julio, 2010 at 9:17

    Jo, Gilda, mira que pegarle a Alicia… lo que hay que hacer es pasar al otro lado del espejo, no asustar a una pobre nena…

    Ais

    Besicos

  • Ana Callegaris  On 12 julio, 2010 at 20:44

    Cómo me gusta encontrar mujeres que escriben tan bien. Es una ¿suerte? ¿casualidad o causalidad? Saludos desde Santa Fe.
    Ana.

  • Soy Ficción  On 13 julio, 2010 at 4:35

    Quién sabe? Quizás Alicia fue más lista de lo que pensamos 🙂

  • Jacinto Deleble  On 13 julio, 2010 at 15:13

    ***

    Curioso lo mucho que se parecen los reflejos de este espejo a los conseguidos por la propia literatura.

    Felicidades por la publicación.

    ***

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