La tempestad

Todos, en altamar, le temían a La tempestad, un barco pirata añejo y feroz que se adueñaba de cuanta riqueza encontrara en su camino: tesoros hurtados de barcos legítimos, cofres que manaban monedas de oro y que se hallaban ocultos en el fondo verdoso del océano, escamas de plata arrancadas de las seductoras colas de las sirenas ingenuas. La tempestad hacía que las grandes aguas fueran inhabitables, terroríficas, imperdonables, y pocos valientes se atrevían a convertirse en mártires yendo a su encuentro.

El capitán de La tempestad se jactaba de dominar a la suerte gracias a un truco supersticioso que no quebraba jamás: ninguna mujer podía subir al barco. El capitán decía que, tarde o temprano, los marineros corrientes cedían a la tentación y recibían la visita de novias, amantes y prostitutas, y que era entonces cuando el barco se hundía o era atacado por piratas precavidos como ellos, como los que mantenían a La tempestad en la cima del éxito delincuente. Las mujeres son la perdición de todo barco, decía el capitán, y nadie desautorizaba a la voz de la experiencia: si el pirata más famoso del agua mundial decía que el cristal era oro, todos empezaban a creer que el cristal era oro. No por casualidad La tempestad reinaba ahí donde los demás naufragaban.

El problema empezó cuando llegaron los nuevos marineros. Dado que Tito el Rengo y Jack el Maloliente habían muerto el verano anterior en boca de un tiburón insolente, La tempestad necesitaba sangre fresca. Fito Un Ojo no fue inconveniente; el caos lo inauguró (y lo continuó y lo finalizó) Paco el Hermoso.

Paco el Hermoso era muy hermoso, extremadamente hermoso, peligrosamente hermoso. Tanto, que los demás tripulantes lo miraron con desconfianza asesina apenas puso un pie en la nave.

-Capitán, este marinero es una mujer. Una mujer disfrazada.

Pero el capitán dijo que no, que de ningún modo Paco el Hermoso era mujer, que si pensaban eso era que estaban ciegos o eran estúpidos. El capitán miró fijo a Paco el Hermoso (muy fijo lo miró, y mucho tiempo, más tiempo del que permite la buena costumbre y, más aún, la buena costumbre entre piratas hombres y rudos) y otra vez dijo que no, que Paco el Hermoso no era mujer. Y lo miró una vez más, para eliminar dudas, dijo, y lo siguió mirando.

Esa noche, el capitán sorprendió a Paco el Hermoso mientras se bañaba echándose agua de un barril.

-¡Mi capitán! –exclamó Paco el Hermoso.

El capitán le hizo señas, silencio, callate, no grites, es una orden. Ante el asombrado marinero, el capitán se sacó la ropa: el chaleco, las botas, la camisa, los pantalones, la barba, los bigotes, el corpiño, la bombacha. El capitán quedó desnuda por primera vez desde hacía quince años, cuando había subido a La tempestad para convertirla en lo que era. Paco el Hermoso vio las tetas del capitán, y vio el pubis femenino del capitán, y las formas inequívocas de todo el cuerpo del capitán.

-Capitán, usted es mujer –dijo Paco el Hermoso, sin saber si reír o desesperarse. Pero Paco el Hermoso no tuvo tiempo para decidirse, y el capitán no tuvo tiempo para arrojarse sobre el marinero, porque en ese momento un iceberg chocó contra La tempestad y el barco comenzó a hundirse.

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Comentarios

  • santiago tena  On 3 julio, 2010 at 21:21

    jo, justo cuando llegaba lo mejor

  • Wara  On 3 julio, 2010 at 21:30

    Jajaja, la culpa no fue de la mujer a bordo sino del secreto desvelado, vaya. Nos queda pensar que capitán y marinero se fueron al fondo uno en brazos del otro… (¡pobre consuelo!)

    Besos, Gilda.

  • Soy Ficción  On 7 julio, 2010 at 5:38

    Al final si que van a ser la mujeres, parece que son las que destruyen pero también las que crean.

    • Gilda Manso  On 10 julio, 2010 at 19:43

      Es que La tempestad era el mejor barco pirata gracias al talento del Capitán. Paradojas de la vida, ¿vio?

      🙂

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