Médium

Eliseo era médium; poseía ese don desde muy pequeño. No interactuaba con espíritus, su talento era otro. Eliseo percibía, debido a un fenómeno de electricidad y a su fino poder de observación, a dos amantes en medio de una multitud. Y no sólo los percibía sino que a menudo también usaba ese poder en beneficio propio. Eliseo era, además de médium, chantajista.

Si Eliseo asistía a una fiesta, enseguida buscaba, hurgaba y centraba su atención en los dos concurrentes que se trataran con mayor indiferencia. Eliseo había aprendido que, a menudo, la indiferencia extrema, casi inexplicable, era síntoma de relación amorosa oculta y tal vez clandestina: dos personas que no se hablan ni se miran ni se rozan en medio de una reunión en la que toda la gente se habla, se mira y se roza, despiertan sospechas. Más si los contempla un hombre como Eliseo, con un poder especial para detectar y hasta sentirse tocado por la electricidad corporal que dichos amantes desprenden sin saberlo. Cuando Eliseo al fin ubicaba a los amantes del lugar y el momento circunstancial, los llamaba aparte y les exigía dinero a cambio de su silencio. De eso vivía.

Una noche, en una fiesta de un club del barrio, Eliseo presintió a Juan y a María. Los llevó a un rincón y les hizo una oferta. Juan y María se miraron, más sorprendidos que enojados. Le dijeron a Eliseo la verdad: no eran amantes, no se conocían, era la primera vez que se veían; Eliseo se había equivocado. Eliseo pidió disculpas y se marchó estupefacto, pensando que estaba perdiendo facultades.

Esa madrugada, mientras daba vueltas insomnes en su cama, María se descubrió pensando en ese tal Juan, y sintió la imperiosa necesidad de desmayarse en su cuello de macho taurino. Esa madrugada, mientras daba vueltas insomnes en su cama, Juan se descubrió pensando en esa tal María, y sintió la imperiosa necesidad de ver en su propia almohada sus crines de hembra espléndida. A cuadras de distancia pero innegablemente amalgamados, entendieron que el amor, o como sea que se llame esa fuerza motora, no era de ningún modo ese campo de algodón al que estaban acostumbrados cada uno por su lado. El amor y el deseo no era eso, al menos no para ellos, al menos no desde ese momento.

Días más tarde se buscaron y se unieron en una ceremonia privada sin valor legal ni religioso, y luego invitaron a Eliseo a brindar con ellos. Eliseo levantó la copa sintiéndose fuera de lugar, como se sentiría cualquier sembrador de cizaña que se ve, de golpe y sin aviso, vestido de Cupido.

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Comentarios

  • Wara  On 26 junio, 2010 at 19:08

    ¡Vaya responsabilidad se le ha caido encima a Eliseo quizás al cabo de unos años! Y encima que hace de Cupido y no gana nada con el negocio 🙂

    Me ha encantado, Gilda. Besos.

  • Nani  On 27 junio, 2010 at 17:10

    ¡Vaya, se ha dado la vuelta la tortilla!!!
    Muy bonito Gilda.
    Besicos muchos guapa.

  • Belén  On 27 junio, 2010 at 18:31

    Ahhh ¿es Cupido? pues anda… dile que seponga que tengo que hablar yo con él jajajajajaj

    Besicos

  • Soy Ficción  On 29 junio, 2010 at 8:56

    La frase final me ha fascinado. Una historia genial.

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